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lunes, 16 de marzo de 2026

 

    Reconciliando a la izquierda

De la melancolía a la utilidad social, sin fetiches identitarios

Matteo Minetti y Mario Sommella, tomado de www.sinistrairete.info

El punto de partida es simple: con demasiada frecuencia hablamos de la unidad de la izquierda como si fuera un asunto interno, casi como una terapia de pareja entre facciones. Pero la verdadera división no se limita a los grupos gobernantes ni a los "partidarios del gobierno" y los "puros". Es más profunda: se asemeja a la división complementaria con la que, durante décadas, la "izquierda" y la "derecha" se persiguen mutuamente, intercambiando fragmentos de lenguaje y agendas, mientras que las relaciones materiales a menudo permanecen intactas.

Si una fuerza que se autodenomina de izquierda termina garantizando la preservación del poder y los privilegios económicos, ¿en qué sentido sigue siendo de izquierda? Y si una fuerza de derecha, por conveniencia o por conflicto interno en los bloques gobernantes, ataca una fracción de ingresos o una porción del poder digital, ¿es automáticamente "menos de derecha"? La pregunta no es académica: sirve para desviar la atención de los símbolos a los resultados, de los emblemas a las necesidades concretas de la clase trabajadora.

En este marco, “reconciliación” deja de ser una palabra sentimental y se convierte en una opción estratégica: reconstruir un frente popular en torno a reivindicaciones materiales, capaz de hablar incluso a aquellos que no comparten el código cultural de la izquierda contemporánea, pero experimentan las mismas heridas sociales.

1.   Las dos izquierdas y la trampa de la identidad moral

El contraste entre la izquierda "responsable" y la izquierda "pureza" describe un fenómeno real: una parte busca legitimidad en la gobernanza y la compatibilidad, la otra en el testimonio consistente y la denuncia. Pero decirlo así puede transformar la política en un tribunal moral: quién es más limpio, quién es más maduro, quién traiciona, quién resiste.

El problema es que esta polaridad a veces replica la misma dinámica de "izquierda/derecha" cuando se vuelve complementaria: sirve para mantener la rueda girando sin cambiar de dirección. Es una división alimentada por el lenguaje y la postura, más que por el contenido material. Y aquí radica el escándalo: se puede mantener un vocabulario "progresista" sobre derechos o modales públicos y, al mismo tiempo, aceptar como inevitable un modelo económico que genera precariedad, bajos salarios, privatización, desigualdades territoriales y empobrecimiento del bienestar. En ese momento, la izquierda corre el riesgo de convertirse en una identidad moral, no en una representación social.

2.  La melancolía de izquierdas como refugio y la “superioridad moral” como atajo

Aquí Rodrigo Nunes regresa: la «melancolía de izquierdas» no es solo tristeza. Es una forma de vivir en la derrota hasta el punto de convertirla en su hábitat. Por un lado, fomenta el cinismo («nada puede cambiar de todos modos»); por otro, el narcisismo ante la derrota («al menos lo hemos entendido todo»). En ambos casos, el efecto práctico es idéntico: abandona el intento de construir relaciones de poder.

Pero hay un paso más, más difícil de admitir: cuando la política no logra un impacto material, tiende a recurrir a la ética como terreno compensatorio. Si no puedo cambiar los salarios, demuestro que soy "mejor". Si no puedo construir mayorías populares, certifico mi afiliación con el vocabulario adecuado, las causas adecuadas, la protesta adecuada.

    Ejemplos concretos de esta dinámica se ven cuando las batallas políticas se reducen a una                 


competencia de pureza: cualquiera que pronuncie mal una palabra es tratado como un enemigo; cualquiera que plantee un problema de trabajo, vivienda o seguridad social es tachado de "retrógrado"; cualquiera que exija una plataforma material es sospechoso de traición. Es un atajo: en lugar de discutir y organizarse, se selecciona a las personas, se las expulsa y se las autoproclama superiores.

El caso palestino, en este sentido, es revelador. La presión ética y la solidaridad han generado una movilización real, pero a menudo no han afectado a las líneas institucionales acordes con la fuerza de las calles. En cambio, han ofrecido a la derecha una plataforma cómoda: presentarse como un bastión del orden público y de "Occidente", no tanto contra los palestinos en abstracto, sino contra los propalestinos como una entidad política interna que debe ser deslegitimada y contenida. No es casualidad que en el otoño de 2025, Italia experimentara fuertes tensiones y medidas restrictivas en torno a las manifestaciones pro palestinas, llegando incluso a prohibir una marcha en Bolonia por motivos de orden público.

Durante el mismo período, el gobierno manejó la exposición pública sobre el tema de manera ambivalente: por un lado, condenas y palabras diplomáticas, por otro, ataques políticos a la movilización, que calificó de "irresponsable" cuando tomó la forma de presión directa.

Esto no significa que la movilización ética sea inútil. Significa que, por sí sola, no es suficiente. Si se deja sin organización, sin objetivos negociables y sin las herramientas de la fuerza, puede transformarse en testimonio. Y el testimonio a menudo es derrotado por la maquinaria del poder.

3.   Unidad no “contra” alguien, sino “a favor” de alguien

Si la unidad solo sirve para "derrotar a la derecha", corre el riesgo de convertirse en una alianza electoral sin pueblo. Si, en cambio, sirve para representar las necesidades materiales de los trabajadores, todo cambia: porque la verdadera clase obrera no es un bloque ideológico uniforme. Dentro de ella, hay personas tanto de izquierda como de derecha en cuanto a sus valores, cultura, tradición familiar, religión y comprensión de la nación, la autoridad y el orden.

    Pero en algunas cuestiones básicas, la división es clara: salarios, horas, vivienda, atención médica,         escuelas, seguridad en el trabajo, transporte, facturas, pensiones, el derecho a atención médica sin         endeudarse, el derecho a no ser chantajeado.

Un frente popular surge cuando las demandas sociales preceden al etiquetado. No exige que quienes están en la base cambien su identidad para ganar derechos: exige el reconocimiento de un interés común frente a los ingresos no ganados y la arbitrariedad del poder económico.

4.   La paradoja de las medidas anti renta y la cuestión de los alquileres de corta duración en el Presupuesto 2026

Quienes gobiernan pueden, por razones de liquidez o consenso, manipular elementos individuales que aparentemente minan sus ganancias o regulan un sector controvertido. La cuestión política no es si esa acción es "de derecha o de izquierda" en abstracto, sino si es estructural o episódica, si realmente transforma las relaciones sociales o es simplemente una solución superficial.

        En materia de alquileres a corto plazo, por ejemplo, ya existe un sistema que distingue entre una tasa         más baja para una unidad individual elegida por el contribuyente y una tasa más alta para unidades          adicionales, y este marco está establecido desde hace algún tiempo.

    Sin embargo, la cuestión ha vuelto a primer plano precisamente porque el Presupuesto 2026 ha                 suscitado especulaciones sobre nuevas restricciones y reescrituras, con discusiones sobre umbrales,     número de propiedades y posible endurecimiento del régimen, alimentando la incertidumbre y el             conflicto entre intereses en competencia.

¿Qué demuestra esta dinámica? Que las etiquetas ideológicas por sí solas explican poco: una fuerza puede "apropiarse" de una porción de los ingresos mientras defiende simultáneamente un sistema económico que exprime el empleo y los servicios públicos. O puede lanzar un proceso regulatorio sin tocar los pilares del privilegio, dejando intactos los temas cruciales: salarios, poder de negociación, bienestar social e impuestos generales.

Para quienes están a la izquierda, esto debería ser un estímulo, no una excusa: si los que están en el gobierno pueden ocupar partes episódicas de la agenda "anti-alquiler", entonces una izquierda que quiera recuperar credibilidad debe ser más clara, más estructural, coherente y reconocible en el nivel material.

5.   Mujica: la unidad no es un valor, es una herramienta

Pepe Mujica es el antídoto contra el moralismo: no exige unidad por el bien de la bandera. Exige unidad porque sin unidad, los subordinados no significan nada. Y porque la gente apoya a quienes percibe como fuertes: a quienes no se presentan como fragmentados, pendencieros o una minoría por vocación.


Pero hay una consecuencia práctica: la unidad no puede ser la suma de identidades "progresistas" que se reconocen mutuamente. Debe ser una alianza social en torno a unas pocas reivindicaciones materiales claras, comprensibles y verificables. Primero aprendemos a caminar juntos según un programa mínimo, luego se convierte en tradición.

6.   Unidad de clase, no unidad tribal

Una propuesta política sensata desplaza el eje: de las tribus ideológicas a la representación de clases.

La clase propietaria no es culturalmente homogénea: puede votar a la derecha o a la izquierda, hablar liberal o conservadoramente, manifestarse por causas civiles y, al mismo tiempo, defender un sistema fiscal y laboral que grava a los empleados y jubilados. La clase trabajadora, en cambio, puede estar culturalmente dividida, pero comparte necesidades comunes.

Si la izquierda no construye un discurso que integre estas necesidades, deja el campo libre a quienes las interceptan con otros enfoques: seguridad, identidad, resentimiento, promesas de protección, chivos expiatorios. Mientras tanto, las relaciones materiales permanecen inalteradas.

La unidad, entonces, no es un cartel electoral contra alguien. Es un pacto social a favor de alguien.

7.   El material afirma que puede actuar como pegamento.

    Aquí debemos ser concretos. Una plataforma material debe ser aceptable incluso para quienes tienen     una cultura tradicional, ya sea católica o nacional. Esto no significa debilitar los derechos: significa         abordar las necesidades urgentes que afectan a todos los trabajadores.

Una unidad viable hoy puede construirse sobre pilares reconocibles: salarios y contratos; lucha contra el empleo precario y la subcontratación; seguridad en el trabajo con controles y sanciones eficaces; atención sanitaria pública con listas de espera reducidas y freno a la privatización progresiva; vivienda y alquileres con políticas de vivienda y lucha contra las rentas especulativas; impuestos más justos con alivio para el trabajo y las pensiones y mayor progresividad para los grandes patrimonios y las rentas; educación y formación como un verdadero impulso social; transporte y servicios locales para evitar que los suburbios se conviertan en colonias internas.

    Estas cosas le hablan a cualquiera que viva de un salario, independientemente de su voto instintivo             sobre cuestiones de identidad. Y, sobre todo, le devuelven un significado verificable a la palabra             "izquierda": se apoya a quienes luchan contra los ingresos y los privilegios, o no.

8.   La reconciliación como higiene política

En este punto, "reconciliarse" no significa amarse. Significa dejar de usar la pureza como arma fratricida y dejar de usar la gobernabilidad como justificación para cualquier rendición.

    También significa algo muy concreto: no hay que pedirle a la clase trabajadora que se iguale                    culturalmente a nosotros para merecer protección. Esta es una propuesta perdedora, porque deja             intacto el dolor material y exige que la gente vote por gratitud simbólica.

La política debería hacer lo contrario: construir una comunidad de intereses y, solo entonces, una comunidad de significado.

Conclusión: menos banderas, más huesos y carne

        La pregunta final sigue siendo brutal, pero es la única útil: ¿la unidad sirve para ganar un juego                 entre identidades o para representar a los que trabajan contra los que poseen?

        Si aceptamos la lección de Nunes sobre la melancolía y la de Mujica sobre lo concreto, la respuesta             es clara: la unidad no nace del culto a la izquierda, sino de su función. Cuando la izquierda vuelve a         ser útil a las necesidades materiales de los trabajadores, deja de ser una definición y se convierte en         un hecho.

Y quizá es precisamente allí donde la reconciliación se hace posible: no porque nos hayamos perdonado, sino porque hemos dejado de confundir la política con el espejo y hemos empezado a mirar, juntos, de nuevo la vida real.

PD Chile


Chile, en su largo camino de construcción de la izquierda durante el siglo XX a la par de abrazar las ideas del socialismo como horizonte ideológico, sintonizar con la reivindicación de las experiencias socialistas en otras tierras, construyó a través, esencialmente del movimiento sindical, la experiencia histórica de lograr mejoras para los sectores populares que fueron siendo incorporadas a la legislación como derechos regulados y exigibles, es decir hubo un condición de materialidad absoluta en la construcción de la izquierda, no se votaba por ella, entonces porque la izquierda abrazara un proyecto político sino porque significaba como experiencia práctica mejoras a las condiciones de vida de millones de personas.

 

La izquierda en la clase y con la clase construía una definición de clase no solo por rigor doctrinario, si no por una condición material concreta y en ello radicaba su fortaleza.

Fue en ese camino que construyó por acumulación y éxito de lograr condiciones para un salto cualitativo como fue la experiencia de la Unidad Popular.

Hoy las condiciones de la clase es distinta en su disgregación en múltiples formas de empleos formales o no, que dificultan a su organización y como tal su representación, sin un horizonte ideológico atractivo vigente con de la derrota del socialismo histórico, el efecto de la propaganda sobre los caos de Venezuela o Cuba, partidos desvinculados del mundo del trabajo, la constante ofensiva mediática en torno a la caducidad y fracaso de las ideas y proyectos socialistas y todo lo que le signifique algo parecido, los cambios culturales y demográfico en la población tras la migraciones masivas.

Pero los trabajadores en todas su formas siguen siendo relegados en sus derechos y condiciones materiales de vida, que ni aun con el acceso al crédito, que también es un mecanismo de disciplina miento individual y social, cambias de condición y siguen estando al margen de la política y se remedia eso, por la izquierda desde la política institucional, pero sin fuerza ni organización social que permita construir una experiencia que auné esas necesidades materiales y no solo materiales de forma efectiva, sin caer en los paternalismos hijos de la buena fe, el ideologismo repetido y tardío o de los nuevos puristas alejados del discurso tradicional, a problemas basados en viejas causas que están ahí, en este capitalismo al que se puede cambiar nombre pero sigue siendo capitalismo basado en una relación de capital y trabajo.

En Chile, como en pocos lugares de occidente la izquierda hizo un camino de construcción de fuerza de transformación amplia, plural, representativa no solo de los eslabones más desfavorecidos del trabajo, si no sumando a otros. En una época de cancelaciones en medio de nuevos purismos de ocasión, mirar la historia no está demás. No hacerlo es apostar a nuestra ignorancia y arrogancia y apostar a pagar precios que ya pagamos y trágicamente.

Aprender y re aprender de lo bueno que hemos hecho en esta larga historia es una forma de encontrar al menos parte de las respuestas concretas y traducirlas a la práctica, que es lo que importa.

A veces no hay que inventar la rueda, solo repararla, rescatarla y adaptarla para estos tiempos, que ruede de la mejor forma es responsabilidad en gran medida nuestra.

GMS

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