Reconciliando a la izquierda
De la melancolía a la utilidad
social, sin fetiches
identitarios
Matteo
Minetti y Mario Sommella, tomado
de www.sinistrairete.info
El
punto de partida es simple: con demasiada frecuencia hablamos de la unidad de
la izquierda como si fuera un asunto interno,
casi como una terapia de pareja entre facciones. Pero la verdadera
división no se limita a los grupos
gobernantes ni a los "partidarios del gobierno" y los
"puros". Es más profunda: se asemeja a la división complementaria con la que, durante
décadas, la "izquierda" y la "derecha" se persiguen
mutuamente, intercambiando fragmentos de lenguaje y agendas,
mientras que las relaciones materiales a menudo permanecen intactas.
Si una fuerza que se autodenomina de izquierda termina
garantizando la preservación del poder y los privilegios económicos, ¿en qué sentido sigue siendo de izquierda? Y si una fuerza de derecha, por conveniencia o por conflicto interno en los bloques gobernantes, ataca una fracción de
ingresos o una porción del poder digital, ¿es
automáticamente "menos de derecha"? La pregunta no es académica: sirve para desviar
la atención de los símbolos
a los resultados, de los emblemas a las necesidades concretas de la
clase trabajadora.
En este marco, “reconciliación” deja de ser una palabra
sentimental y se convierte en una opción estratégica: reconstruir un frente popular en torno a reivindicaciones materiales,
capaz de hablar incluso a aquellos que no comparten
el código cultural de la izquierda contemporánea, pero experimentan las mismas
heridas sociales.
1. Las dos izquierdas y la trampa de la identidad moral
El
contraste entre la izquierda "responsable" y la izquierda
"pureza" describe un fenómeno real: una parte busca legitimidad en la gobernanza y la compatibilidad, la otra en el testimonio consistente y la denuncia. Pero decirlo así puede transformar la política en un tribunal
moral: quién es más limpio,
quién es más maduro, quién traiciona, quién resiste.
El
problema es que esta polaridad a veces replica la misma dinámica de
"izquierda/derecha" cuando se vuelve
complementaria: sirve para mantener la rueda girando sin cambiar de
dirección. Es una división alimentada por el
lenguaje y la postura, más que por el contenido material. Y aquí radica
el escándalo: se puede mantener un vocabulario
"progresista" sobre derechos o modales públicos y, al mismo tiempo,
aceptar como inevitable un modelo
económico que genera precariedad, bajos salarios, privatización, desigualdades
territoriales y empobrecimiento del
bienestar. En ese momento, la izquierda corre el riesgo de convertirse en una
identidad moral, no en una
representación social.
2. La melancolía de izquierdas como refugio y la “superioridad moral” como atajo
Aquí
Rodrigo Nunes regresa: la «melancolía de izquierdas» no es solo tristeza. Es
una forma de vivir en la derrota hasta
el punto de convertirla en su hábitat. Por un lado, fomenta el cinismo («nada
puede cambiar de todos modos»); por otro, el narcisismo ante la
derrota («al menos lo hemos entendido todo»). En ambos casos, el efecto práctico es idéntico: abandona el intento
de construir relaciones de poder.
Pero
hay un paso más, más difícil de admitir: cuando la política no logra un impacto
material, tiende a recurrir a la ética
como terreno compensatorio. Si no puedo cambiar los salarios, demuestro que soy
"mejor". Si no puedo construir mayorías
populares, certifico mi afiliación con el vocabulario adecuado, las causas
adecuadas, la protesta
adecuada.
Ejemplos concretos de esta dinámica se ven cuando las batallas políticas se reducen a una
competencia de pureza: cualquiera que pronuncie mal una palabra es tratado como un enemigo; cualquiera que plantee un problema de trabajo, vivienda o seguridad social es tachado de "retrógrado"; cualquiera que exija una plataforma material es sospechoso de traición. Es un atajo: en lugar de discutir y organizarse, se selecciona a las personas, se las expulsa y se las autoproclama superiores.
El caso palestino, en este sentido, es revelador. La presión ética y la solidaridad han generado una movilización real, pero a menudo no han afectado a las líneas institucionales acordes con la fuerza de las calles. En cambio, han ofrecido a la derecha una plataforma cómoda: presentarse como un bastión del orden público y de "Occidente", no tanto contra los palestinos en abstracto, sino contra los propalestinos como una entidad política interna que debe ser deslegitimada y contenida. No es casualidad que en el otoño de 2025, Italia experimentara fuertes tensiones y medidas restrictivas en torno a las manifestaciones pro palestinas, llegando incluso a prohibir una marcha en Bolonia por motivos de orden público.
Durante el mismo período, el gobierno manejó la exposición pública sobre el tema
de manera ambivalente: por un lado, condenas
y palabras diplomáticas, por otro, ataques
políticos a la movilización, que calificó de "irresponsable" cuando tomó la forma de presión directa.
Esto
no significa que la movilización ética sea inútil. Significa que, por sí sola,
no es suficiente. Si se deja sin organización, sin objetivos negociables y sin las herramientas de la fuerza,
puede transformarse en testimonio. Y el testimonio a menudo es derrotado por la
maquinaria del poder.
3. Unidad no “contra”
alguien, sino “a favor” de alguien
Si la unidad solo sirve para "derrotar a la derecha", corre el riesgo
de convertirse en una alianza
electoral sin pueblo.
Si, en cambio, sirve para representar las necesidades materiales de los
trabajadores, todo cambia: porque la verdadera clase obrera no es un bloque ideológico uniforme. Dentro de ella, hay personas tanto de izquierda
como de derecha en cuanto
a sus valores, cultura, tradición familiar, religión y comprensión de la nación,
la autoridad y el orden.
Pero en algunas cuestiones básicas, la división es clara: salarios,
horas, vivienda, atención médica, escuelas, seguridad en el trabajo,
transporte, facturas, pensiones, el derecho a atención médica
sin endeudarse, el derecho a no
ser chantajeado.
Un
frente popular surge cuando las demandas sociales preceden al etiquetado. No
exige que quienes están en la base cambien
su identidad para ganar derechos:
exige el reconocimiento de un interés
común frente a los ingresos
no ganados y la arbitrariedad del poder económico.
4. La paradoja de las medidas anti renta y la
cuestión de los alquileres de corta duración en el Presupuesto 2026
Quienes
gobiernan pueden, por razones de liquidez o consenso, manipular elementos
individuales que aparentemente minan
sus ganancias o regulan un sector controvertido. La cuestión política no es si
esa acción es "de derecha o de
izquierda" en abstracto, sino si es estructural o episódica, si realmente
transforma las relaciones sociales o
es simplemente una solución superficial.
En materia
de alquileres a corto plazo,
por ejemplo, ya existe un sistema que distingue entre una tasa más baja para una unidad individual elegida por el contribuyente y una tasa más alta para unidades
adicionales, y este marco está establecido
desde hace algún tiempo.
Sin embargo, la cuestión ha vuelto a primer plano precisamente porque
el Presupuesto 2026 ha suscitado especulaciones sobre nuevas restricciones y reescrituras, con discusiones sobre umbrales, número de propiedades y posible endurecimiento del régimen, alimentando la incertidumbre y el conflicto entre intereses en competencia.
¿Qué
demuestra esta dinámica? Que las etiquetas ideológicas por sí solas explican
poco: una fuerza puede "apropiarse"
de una porción de los ingresos mientras defiende simultáneamente un sistema
económico que exprime el empleo y los servicios públicos. O puede lanzar un proceso regulatorio sin tocar los pilares del privilegio, dejando intactos los temas cruciales:
salarios, poder de negociación, bienestar social e impuestos generales.
Para quienes
están a la izquierda, esto debería ser un estímulo,
no una excusa: si los que están en el gobierno pueden ocupar partes episódicas de la agenda
"anti-alquiler", entonces una izquierda que quiera recuperar
credibilidad debe ser más
clara, más estructural, coherente y reconocible en el nivel material.
5. Mujica: la unidad no es un valor,
es una herramienta
Pepe Mujica es el antídoto contra
el moralismo: no exige unidad por el bien
de la bandera. Exige unidad porque sin unidad, los subordinados no significan nada.
Y porque la gente apoya a quienes
percibe como fuertes:
a quienes no se
presentan como fragmentados, pendencieros o una minoría por vocación.
Pero hay una consecuencia práctica: la unidad no puede ser la suma de identidades "progresistas" que se reconocen
mutuamente. Debe ser una alianza social en torno a unas pocas
reivindicaciones materiales claras, comprensibles y verificables. Primero aprendemos a caminar juntos según un
programa mínimo, luego se convierte en tradición.
6.
Unidad de clase, no unidad tribal
Una propuesta
política sensata desplaza
el eje: de las tribus
ideológicas a la representación de clases.
La
clase propietaria no es culturalmente homogénea: puede votar a la derecha o a
la izquierda, hablar liberal o conservadoramente,
manifestarse por causas civiles y, al mismo tiempo, defender un sistema fiscal
y laboral que grava a los empleados y
jubilados. La clase trabajadora, en cambio, puede estar culturalmente dividida,
pero comparte necesidades comunes.
Si la izquierda no construye un discurso que integre estas necesidades, deja el campo libre a quienes las interceptan con otros enfoques: seguridad, identidad,
resentimiento, promesas de protección, chivos expiatorios. Mientras tanto, las relaciones materiales
permanecen inalteradas.
La unidad,
entonces, no es un cartel
electoral contra alguien.
Es un pacto social a favor de alguien.
7. El material afirma que puede actuar como pegamento.
Aquí debemos ser concretos. Una plataforma material debe
ser aceptable incluso para quienes tienen una cultura tradicional, ya sea católica o nacional. Esto no significa
debilitar los derechos: significa abordar las necesidades urgentes que afectan a todos los
trabajadores.
Una
unidad viable hoy puede construirse sobre pilares reconocibles: salarios y
contratos; lucha contra el empleo precario y la subcontratación; seguridad en el trabajo con controles y sanciones eficaces; atención sanitaria pública
con listas de espera reducidas y freno a la privatización progresiva; vivienda
y alquileres con políticas de vivienda y lucha contra las rentas especulativas; impuestos más justos con
alivio para el trabajo y las pensiones y mayor
progresividad para los grandes patrimonios y las rentas;
educación y formación
como un verdadero impulso social; transporte y servicios locales para evitar
que los suburbios se conviertan en colonias internas.
Estas cosas le hablan a cualquiera que viva de un salario,
independientemente de su voto instintivo sobre cuestiones de identidad. Y, sobre todo, le devuelven
un significado verificable a la palabra "izquierda": se apoya a
quienes luchan contra los ingresos y
los privilegios, o no.
8.
La reconciliación como higiene política
En este punto, "reconciliarse" no significa amarse.
Significa dejar de usar la pureza como arma fratricida y dejar de usar la
gobernabilidad como justificación para cualquier rendición.
También significa algo
muy concreto: no hay que pedirle a la clase trabajadora que se iguale
culturalmente a nosotros para merecer
protección. Esta es una propuesta perdedora, porque deja intacto el dolor
material y exige que la gente vote
por gratitud simbólica.
La
política debería hacer lo contrario: construir una comunidad de intereses y,
solo entonces, una comunidad de significado.
Conclusión: menos banderas, más huesos y carne
La pregunta
final sigue siendo brutal, pero es la única útil:
¿la unidad sirve
para ganar un juego entre identidades o para representar a
los que trabajan contra los que poseen?
Si aceptamos la lección de Nunes sobre la melancolía y la de Mujica sobre lo concreto,
la respuesta es clara: la unidad no nace del culto a la izquierda, sino de su función. Cuando
la izquierda vuelve
a ser útil a las necesidades materiales de los trabajadores, deja de ser una definición y se convierte
en un hecho.
Y
quizá es precisamente allí donde la reconciliación se hace posible: no porque
nos hayamos perdonado, sino porque
hemos dejado de confundir la política con el espejo y hemos empezado a mirar,
juntos, de nuevo la vida real.
PD Chile
Chile, en su largo camino de construcción de la izquierda durante el
siglo XX a la par de abrazar las
ideas del socialismo como horizonte ideológico, sintonizar con la
reivindicación de las experiencias socialistas en otras tierras, construyó a
través, esencialmente del movimiento sindical, la experiencia histórica de
lograr mejoras para los sectores
populares que fueron
siendo incorporadas a la legislación como derechos
regulados y exigibles, es decir hubo un condición de materialidad absoluta en
la construcción de la izquierda, no se votaba por ella, entonces porque la
izquierda abrazara un proyecto político sino porque significaba como
experiencia práctica mejoras a las condiciones de vida de millones de personas.
La izquierda en la clase y con la clase construía
una definición de clase no solo por rigor doctrinario, si no por una condición material concreta y en
ello radicaba su fortaleza.
Fue en ese camino que construyó por acumulación y éxito de lograr condiciones para un salto
cualitativo como fue la experiencia de la Unidad Popular.
Hoy las condiciones de la
clase es distinta en su disgregación en múltiples formas de empleos formales o
no, que dificultan a su organización y como tal su representación, sin un
horizonte ideológico atractivo vigente con de la derrota del socialismo
histórico, el efecto de la propaganda sobre los caos de Venezuela o Cuba, partidos
desvinculados del mundo del trabajo, la constante ofensiva mediática en torno a la caducidad y fracaso de las ideas y proyectos
socialistas y todo lo
que le signifique algo parecido,
los cambios culturales y demográfico en la población
tras la migraciones masivas.
Pero los trabajadores en todas su formas siguen siendo relegados en sus
derechos y condiciones materiales de vida, que ni aun con el acceso
al crédito, que también es un mecanismo de disciplina miento individual y social, cambias de
condición y siguen estando al margen de la política y se remedia eso, por la izquierda
desde la política
institucional, pero sin fuerza ni organización social
que permita construir una experiencia que auné esas necesidades materiales y no solo materiales de forma efectiva,
sin caer en los paternalismos hijos de la buena fe, el ideologismo repetido y
tardío o de los nuevos puristas alejados del
discurso tradicional, a problemas basados en viejas causas que están ahí, en
este capitalismo al que se puede cambiar nombre pero sigue siendo capitalismo
basado en una relación de capital y trabajo.
En Chile, como en pocos lugares de occidente la izquierda hizo un
camino de construcción de fuerza de transformación amplia, plural, representativa no solo de los eslabones
más desfavorecidos del trabajo, si no sumando a otros. En una época de
cancelaciones en medio de nuevos purismos de ocasión, mirar la historia no está demás.
No hacerlo es apostar a nuestra ignorancia y arrogancia y apostar a pagar precios que ya pagamos y trágicamente.
Aprender y re aprender de lo bueno que hemos hecho en esta larga historia es una forma de encontrar
al menos parte de las
respuestas concretas y traducirlas a la práctica, que es lo que importa.
A veces no hay que inventar la rueda, solo repararla, rescatarla y adaptarla para estos tiempos,
que ruede de la mejor forma es
responsabilidad en gran medida nuestra.
GMS

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