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sábado, 4 de septiembre de 2021

 




Los Ethos Partidarios, las generaciones y su conformación

 

En la historia de los cambios de liderazgos y estilo de ello dentro de las organizaciones políticas, las transformaciones en la conformación de los grupos humanos que conforman esos colectivos han sido decisivos para que emergieran nuevos líderes, con otros énfasis, concepciones, objetivos y prácticas.

 

Ningún periodo de los diferentes periodos de los comunistas aquí (Chile) o en otra parte del mundo, se explica sin ese cambio de grupos humanos que lo constituyen o constituyeron.

 

El periodo bolchevique (leninista en su más pura expresión practica) se explica por quienes formaban el partido hasta el periodo inmediato al triunfo de 1917. Aquello que se llamó la vieja guardia. A ella le correspondía una conformación, una historia y los desafíos que cuajaron en la forma de ser que constituía el todo y en su grado más alto en cómo se dirigía el partido: una dirección colegiada por personas como Lenin, Zinoviev, Kamenev, Radek, Stalin, Sverdlov principalmente. Capaces de tener diferencias muy profundas y abiertas y ser capaces de discutir y acordar y determinar el curso de la acción.

 

A ese grupo se unió en la primavera de 1917 Troski que pese a ser menchevique hasta entonces, se sumó a las ideas de Lenin y su aporte fue tan vital como para ser el fundador del Ejército Rojo, a lo menos la tarea que hizo desde la nada sobrevivir a la revolución a la guerra civil y la intervención extranjera de más de una decena de países.

 

Muchos olvidan que Lenin casi siempre estuvo al inicio de muchos temas relevantes en minoría y fue en la discusión que ganó el debate y al partido para sus posiciones. Pocos recuerdan que el partido no veía la posibilidad de tomar el poder hasta bien entrado el año 17 o de la necesidad de una paz onerosa para la Rusia Soviética en términos históricos y territoriales con Alemania en 1918, o el giro económico hacia formas capitalistas con la Nueva Política Económica en 1921 (una herejía para mucho de sus compañeros) 

 

Nunca se impuso por el peso de su autoridad como líder indiscutible pero no formal e hizo de la discusión política, muchas veces muy dura pero jamás sin dejar de ser fraterna, la forma de discernir y decidir colectivamente. No fue Secretario General. El cargo fue creado para dirigir las tareas administrativas del partido en pleno crecimiento cuando su organizador natural: Jacob Sverdlov murió. Entonces fue designado Stalin para una tarea que sus demás compañeros desdeñaron.

 

Una vez en el poder, con la revolución triunfante, el relativo pequeño grupo de bolcheviques para el tamaño de Rusia (varias decenas de miles), creció vertiginosamente. Las tareas de dirigir la conformación del nuevo estado hicieron crecer a ritmos de centenares de miles de nuevos militantes por años. Muchos cumplieron tareas en la guerra civil o en la construcción del nuevo estado.

 

Esto trajo la creación de una nueva burocracia estatal que sustituyo a la vieja casta zarista, construyo nuevas capas de funcionarios que cambiaron el ethos del antiguo partido. La avalancha de nuevos militantes conformó un nuevo grupo humano con otras formaciones, orígenes, liderazgos y visiones. No solo fue la muerte de Lenin que aceleró ese proceso de cambio de funcionamiento y cultura bolchevique si no la propia nueva conformación humana del partido. 

 

Sin ese cambio y pese a todas sus habilidades buenas y malas Stalin no hubiese podido construir su dominio sobre todo el partido y la sociedad soviética. La nueva camada de militantes incrustados en las tareas administrativas del estado, en donde lo partidario y lo administrativo difícilmente se podían distinguir crearon un comunista culturalmente distinto a los viejos bolcheviques. La obediencia y subordinación como parte de la cultura por un lado de gobierno y por otro lado partidaria, más aún en un estado conformado sobre los restos del viejo estado zarista de tradición autoritaria, redujeron la discusión y el debate a la nada comparativamente con el periodo anterior.

 

Sin ese cambio de ethos el liderazgo de Stalin y sus formas no hubiesen tenido la base social y cultural que lo sustentase. Su conflicto con la vieja guardia bolchevique, apegada a su tradición original de como concebir el partido choco con ella y se tradujo en su erradicación prácticamente total.

 

Aquí habrá que quienes digan que sin ese giro la Unión Soviética no habría sobrevivido a la invasión fascista de 1941. Esa disyuntiva nunca la sabremos porque la historia es como sucedió y efectivamente a Stalin y los dirigentes de entonces le correspondió enfrentar ese desafió, pero una cosa es cierta el antiguo modo de dirección hizo la revolución, fundó al estado, al ejército rojo, sobrevivió a perder el control por momentos en 1918-19 cuatro quintos del territorio,  e hizo sobrevivir a un país literalmente demolido por los efectos de la primera guerra mundial, la guerra civil y los efectos de las primeras medidas económicas de los soviet en el campo.

 

No existía ni entonces ni ahora un manual de lo que debía hacerse y sin la cuota imprescindible de herejía propia de los audaces, aquello pudo nunca haber pasado, si hubiesen leído como dogma inviolable de que el socialismo llegaría primero a los países capitalistas más avanzados. De ese modo mecánico, nada habría ocurrido. Ninguna revolución triunfante se ha apegado a un manual. Todas han construido a partir de realidades propias, su camino, su forma de liderazgos y tareas principales y la forma de emprenderlas, pero todas en su fase más intensa y decisiva de desarrollo necesitaron el abrumador apoyo social para sostenerse.

 

El ethos soviético, re florecido de pujanza y confianza patriótica y socialista una vez sobrevivido al fascismo tuvo la gigantesca responsabilidad de enmendar el rumbo de Stalin, tras su muerte, sin romper con su pasado. Pocos podrían aventurar que Nikita Krushev, quizás un personaje no llamativo en la escena soviética, al lado de Molotov, Mikoyan, Beria o Zhukov, encabezará ese proceso, más aún cuando el pertenecía a la esencia de la dirigencia que desde el final de los años treinta formaba parte del núcleo dirigente de ese país, y le correspondía sin duda responsabilidad en todo lo ocurrido y sin embargo se hizo el proceso de cambio sin violencia ni fracturar al partido y al país.

Quedará siempre en la duda si el proceso de critica al culto a la personalidad, a la sustitución de la dirección colectiva por el personal y la violencia  y crimen para resolver la necesidad de establecer un derrotero unico y cental valió la pena de negar todo la contribución de Stalin en el desarrollo de la industrialización, la conducción estratégica y operativa de la guerra. Si la negación de la negación es uno de los elementos de la dialictica, la negación absoluta de ese dirigente, se hizo sin asumir las responsabilidades colectivas de las mismas personas que encabezaron la destalinización y reducir a lo personal un fenomeno que era mayor en su complejidad

Fue una tarea muy difícil cuando todo el estado está bajo jurisdicción y control político del partido y su núcleo dirigente.

 

¿Cuándo este se equivoca, quien lo corrige o enmienda? ¿Es la biología la que hace su trabajo de cuadros o es el debate sobre una política correcta y un funcionamiento colectivo el que lo resuelve?

 

Las fronteras del control político y la gestión administrativa son difusas y los sucesivos esfuerzos a lo largo de toda la experiencia socialista, los hubo, nunca las pudieron separar. Todas las iniciativas de reforma económica impulsadas principalmente por Andrei Kosiguin, que desde los años sesenta de propusieron para dar más autonomía a las empresas, reducir el control centralizado y directo de los órganos centrales de planificación, abastecimiento y los centenares de comités partidarios y ministeriales por ramas de la economía en los que se duplicaba la maquinaria burocrática y entorpecían la gestión de cientos de miles de empresas no se pusieron en práctica, por la propia resistencia de esa capa enquistada en la maquinaria del estado que controlaba la sociedad no solo en lo económicos y el enorme ritmo de crecimiento que tuvo la URSS entre los años 50 y 60 fue disminuyendo significativamente en la década del 70 generando condiciones de estancamiento y de aumento con ello de la brecha con la principal economía de occidente: Estados Unidos.

 

Eso planteaba problemas de necesidad de reformas urgentes para dinamizar su economía (Lenin: la política es la expresión concentrada de la economía), de evitar perder la posición que se había alcanzado en los primeros setenta años, con dos guerras desbastadoras en su territorio por medio. La competencia con occidente no solo de crecimiento económica, sino científica y técnica y por supuesto militar. El peso de la carrera armamentista para la Unión Soviética más limitada de recursos fue orando la fortaleza construida en todos esos años.

 

En ese contexto y fallecidos dos casi octogenarios secretarios generales Breznhev y Cherneko y enfermedad repentina del padre de la voluntad de emprender las reformas económicas, Yuri Andropov en tres años seguidos se da el proceso de renovación que se conoció como perestroika.

 

Gorvachov y la gran mayoría de los ascendieron a la cúspide del poder soviético, eran una generación de post guerra, que hicieron carrera al mando de los Oblast (provincias)o sectores de la industria, muchos de ellos con títulos universitarios. Se formaron como funcionarios de por vida en el partido, cuando este ya constituía una casta conocida como “aparatachiks”. Conformaban al menos la tercera o cuarta camada de cargos dirigentes formados en la burocracia soviética que se había reproducido en el estado, que disfrutaba de condiciones de vida ajenas a la de la mayoría de la población, que a su vez deseaba cambios sin renunciar a su devenir socialista. Si alguien duda de esa afirmación puede mirar los resultados del plebiscito de marzo de 1991 sobre la continuidad de la Unión que ningún dirigente respeto.

 

En esa posición no estaban en condiciones de ser la fuerza revolucionaria que renovase al socialismo y tenían por añadidura un factor que acentuaba su incapacidad política: habían sido formados en una burocracia ya construida antes que ellos y por tanto reproducida y ampliada en todas sus deformaciones. Los burócratas por lo general son buenos en obedecer y adolecen de la capacidad de decidir pues siempre debieron  obedecer las decisiones de otros. En ello iba su sobrevivencia en los cargos y cuando los burócratas llegan al poder como sucedió con Gorbachov, sin saber a quién o qué obedecer, el daño fue peor.  

 

A diferencia del proceso de cambios ocurridos antes en la Unión Soviética, los dirigentes del PCUS desataron el colapso de esa sociedad y carecieron de la capacidad para entenderlo e impedirlo y no pocos de esos dirigentes lo hicieron de forma consciente para asegurarse un lugar en el reparto de riquezas en la jibarización económica, territorial y étnica de la antigua URRS y su reducción de superpotencia a un estado paria para placer de sus históricos enemigos: el occidente capitalista victorioso.

 

Ya en 1921 un menchevique emigrado Dormid (si no me equivoco), escribió de manera previsora que los cambios de configuración de los grupos humanos que comenzaban por entonces a transformar la conformación del partido bolchevique terminarían por cambiar su forma de observar y resolver las cosas, pues cada uno tendría sus propias visiones y podían ser muy divergentes de las originales en cuanto a propósitos y hasta contradictorios entre ellos. 


Años después en 1946 un funcionario de la embajada norteamericana en Moscú: George Kennan escribió un largo informe en que proponía buscar todas las formas para incidir en el modo de pensar de las futuras camadas de dirigentes soviéticos, de modo que su definición ideológica mutase y terminase alterando lo que, según él, constituía el factor de unidad de ese país multicultural: el partido comunista y su ideología socialista apegada a una definición histórica contraria al capitalismo. Previó qué si esa unidad ideológica se rompía, el sistema podría explosionar desde adentro en un abrir y cerrar de ojos.

 

Lenin decía que cuando tu enemigo te aplaude, algo estás haciendo mal. Ellos olvidaron hasta eso. El secretario ideológico del partido comunista soviético Alexander Yakolev a fines de los ochenta, quien, en la década del cincuenta, estudio becado por intercambio en la Universidad de Columbia en Estados Unidos, llegó hasta proponer la definición de un pensamiento único en el confluyeran los dos bloques antagónicos. 

La vieja tarea de desarmar ideológicamente al PCUS estaba hecha, lo demás era cosa de meses, días y horas.

 

Ethos II

 

Hace unos años, en la revista cultural cubana Jiribilla se publicó un artículo sobre las circunstancias en que se dio la sobrevivencia del proyecto revolucionario cubano y mucho de lo allí expuesto, nos puede servir de referencia para lo que hemos vivido:  

 

Con la debacle del socialismo soviético, hubo también una debacle en términos ideológicos. Si bien antes se había logrado que el anhelo colectivo se proyectara hacia una utopía que se veía como destino obligado del desarrollo social, la derrota del socialismo soviético destrozó ese determinismo y puso en crisis a nivel social el anhelo colectivo. Derrumbó la certeza en el futuro de victoria colectiva como un camino positivista que, aun con retrocesos, era ineludible. Preguntas existenciales que se creían contestadas, fueron traídas de vuelta sin certeza alguna. Frente a la incertidumbre, los instintos primarios de la gens vuelven a florecer. La batalla de la vida se vuelve a plantear para muchos en términos exclusivos de “yo y mi familia”, y para que esa reconstrucción tenga éxito, necesita apolitizarse y negar cualquier construcción colectiva más abarcadora.

La debacle soviética trajo un shock psicológico también a las fuerzas ideológicas de la Revolución. La reacción de supervivencia fue sin discusión exitosa, pero se construyó en lo inmediato, sobre la base de apelar a la mochila cultural e histórica creada por la Revolución y las tradiciones patrióticas que con esmero el país había cultivado. No nos engañemos, ha sido una epopeya extraordinaria. Frente a la realidad objetiva de que no era en el plano de la economía donde demostraríamos, en lo inmediato, la superioridad de la sociedad cubana sobre sus contrapartes, ese discurso de la superioridad se construyó sobre la prevalencia de la Revolución en el plano superestructural.

Pero la resistencia construida solo sobre la base de la herencia tiene una capacidad temporalmente limitada: necesariamente se va desgastando. Las revoluciones necesitan construir utopías sobre las cuales proyectar los anhelos colectivos, si no se vuelven numantinas. Más aún, si en la práctica económica no logran todavía levantar vuelo.

Se subestimó inicialmente el poder cultural de la contraofensiva capitalista, a lo que se suman los errores propios de la práctica real y cotidiana del poder en una situación extrema de asedio, y de ausencias teóricas frente a una realidad nacional e internacional inédita. Frente al shock inicial, el refugio no solo ha sido lo histórico, sino, de manera menos justificada, localismos y construcciones ideológicas donde se mezclan con confusión ideas del marxismo clásico con escuelas de lo posmoderno, la nueva antropología cultural con sus desconstrucciones poscoloniales, rescate de cosmovisiones religiosas y toda una pléyade de ideas variopintas.

Este escenario fue y es probablemente ineludible, no es culpa de nadie, habida cuenta de la necesidad de construir un nuevo marco ideológico, con sustento filosófico transformador, que reivindique la idea de la necesidad de superar el orden capitalista de las cosas. Con independencia de cuál sea ese marco ideológico, lo que sí está claro es que no se construye alternativa alguna al capitalismo si primero no logramos proyectarlo al plano cultural, incluido lo artístico.

 

En nuestro caso, al igual que Cuba, en la década del 90, derrotado nuestro proyecto político interno, de una salida más profunda, que superara el marco constitucional, económico y político construido por la dictadura. Sobrevivimos como partido apelando a nuestro rol en la lucha en contra la dictadura y a la profunda discordia con la nueva democracia limitada al marco de lo posible, resguardada por poderes facticos protagonizados, para mayor evidencia, por el mismo dictador que nos gobernó y ante el cual, junto a sectores de nuestro pueblo, nos rebelamos en busca de una política más radical, que aportara a una sociedad construida bajo las premisas de verdad y justicia.

No es baladí que el XV Congreso del Partido, en 1989, fuese el que confirmase a la Rebelión Popular de Masas como eje de nuestra Política, trajese un cambio significativo en la Dirección partidaria, justo cuando en Chile, agotado y ansioso de lograr una salida que permitiera superar a la dictadura, se impusiera la salida pactada entre militares, la derecha económica y política, el gobierno norteamericano y sus aliados internacionales con los sectores agrupados en la Concertación por la Democracia.

El impacto de la caída del Socialismo en Europa y aquello que constituía la quinta esencia de nuestras certezas, la Unión Soviética, vivido junto a  la dificultad de aceptar una  salida pactada a la dictadura, e incluso apoyarla en términos electorales, como muestra de realismo político, no lo hubiésemos podido enfrentar, si como en Cuba no hubiésemos apelado a nuestra lucha frontal en contra a la dictadura, como elemento esencial de nuestra identidad partidaria en el contexto político chileno, Tampoco si esa continuación por combatir frontal, para erradicar los vestigios evidentes de una dictadura latente, no se hubiesen volcado a la lucha por la reivindicación de los derechos humanos, persiguiendo junto a las organizaciones continuadoras de ese campo, el juicio y castigo a los represores, en contra de todo lo pactado por los nuevos gobernantes, para alcanzar la gobernabilidad de ese Chile post dictadura, con un Pinochet omnipotente y vergonzosamente intocable.

Fue aquella persistencia en nuestra identidad y valores, para algunos de nuestros ex aliados, por entonces, muestra de una desintonización histórica, lo que nos dio los elementos para no sufrir los daños que sufrieron los otros partidos comunistas del mundo occidental y también oriental, que prácticamente fueron barridos como fuerzas relevantes de sus países, como sucedió en los casos de  Italia, España y Francia, que no sabiendo cómo hacer prevalecer la necesidad de seguir siendo comunistas, por una perspectiva histórica de mucho más largo plazo, sucumbieron a la derrota ideológica, cultural y política que sufrimos como comunistas a escala global.

Es difícil pensar que hubiese sido de nuestro partido sin un liderazgo tan fuerte como el de Gladys Marín. Alguien alguna vez dijo que existían ministros para tiempos de paz y ministros para tiempos de guerras. ella fue con todas sus características la persona precisa para ese momento.

Su certeza en mantener las banderas de este partido sometido a pruebas tan duras sobre su existencia debe entenderse en ese contexto histórico

Todo aquello constituyo un Ethos partidario propio de ese tiempo de difíciles pruebas. Fue con un gran grupo humano apegado a un estoicismo militante digno de reseñar, que le permitió al Partido sobrevivir en condiciones de un gran aislamiento, de un brutal ninguneo como le llamo Volodia, de escases de medios y recursos, a perdida de una gran cantidad de antiguos militantes y a la falta de un derrotero efectivo de transformación social en un mundo en donde la perspectiva de vencer al orden neoliberal parecía un esfuerzo quijotesco.

Ser comunista entonces implico un convencimiento ideológico y político tan profundo como aquel que sostuvo al partido en clandestinidad y es un hecho que ese nuevo ethos fue construido desde ese entonces. Contra viento y marea y es una contribución histórica estratégica a nuestra sobrevivencia.

 

Un hecho histórico vino a cambiar la realidad nuestra para siempre, el estallido social del 2019. Todas las contradicciones acumuladas en una sociedad abusada por un orden neoliberal se expusieron en toda su profundidad y violencia. El momento revolucionario sacudió las bases de la institucionalidad que protege ese orden económico, político y social y trajo a nuestro país a una perspectiva de cambios que hoy se expresan en la Convención Constituyente.

Nota: No es la única vez que una revolución estalla sin que los comunistas la hayan visto venir. En 1917 en enero de ese año en carta a estudiantes emigrados de Rusia en Zurich, Lenin atestiguaba que no sería su generación la que vería emerger una revolución de carácter socialista y que aquello sería obra de esa juventud a la que él se dirigía. Un mes después el Zar caía en medio de una sorpresiva revolución popular en San Petersburgo.  Todo lo que hizo a posterior de eso Vladimir Ilich fue poner en sintonía a su partido con los hechos y ser capaz de conducirlos y lo hizo.

 

Hoy vivimos en la emergencia de un ethos etario que ha ido transformando al partido, el sector más joven que ha ido ocupando responsabilidades a diversos niveles. Siendo electos para cargos de representación popular y con una capacidad de liderazgo que va más allá del partido mismo y abriendo temas que se han incorporado a definiciones partidaria tanto internas como externas.

 

¿Ese nuevo ethos es dañino y debilita al partido?

 

No, pertenece a este tiempo. Surgió del Chile post dictadura que emergió a la vida política en el movimiento de los Pingüinos, de la movilización estudiantil impresionante del 2011 y 2012. Todos esos episodios sin los cuales no puede explicarse el país actual y sus retos y posibilidades. Ampliaron el límite de lo posible hasta lo impensado que hoy vivimos y fueron junto a los levantamientos de Freirina, Aysen y Magallanes el aviso de lo que sucedería a escala nacional el año 2019 en el estallido social. La realidad puedo más que la teoría una vez más.

 

Al viejo movimiento de masas y sindical que fue destruido por la dictadura y que nunca se ha podido sobreponer en esa dimensión y alcance. Lo sustituyo, por necesidad histórica de expresión de las contradicciones sociales de nuestra sociedad, un movimiento de masas distinto, emergido de un sector social y etario que no poseía las cadenas de la obligación laboral en un marco de condiciones de trabajo simplemente abusivo y amenazador para los trabajadores y su estabilidad económica, precaria pero necesaria, sin atisbos de cambios y endeudado de por vida para sostener a sus familias y cubrir sus necesidades. Fue como en 1917 es eslabón más débil del sistema, esta vez el estudiantil, el que rompió la cadena de dominación y eso, en nuestro caso, es un mérito histórico de proporciones bíblicas.

 

La condición establecida por Salvador Allende de que ser joven y no ser revolucionario se hizo palpable en una masividad nunca antes vista después de la democracia hasta entonces. Sin embargo, ese movimiento se apozo y reprodujo de mejor manera en los sectores medios. No tuvo capacidad movilizadora en los sectores más populares de menores ingresos y precarias condiciones de vida, hasta antes del estallido social de 2019 y desde entonces se creó una bifurcación entre lo nuevo y lo viejo en organización política que hasta hoy no puede superarse significativamente.

 

No se puede construir una alternativa popular sin construir un ethos popular de transformación que vaya más allá de los sectores medios. Para ello las formas electorales no bastan, pues puede y debe haber Partido más allá de lo electoral. No hay contradicción ni exclusión en ello. El que haya surgido un movimiento social y territorial con formas nuevas de gestión, contenidos más radicales y con capacidades de movilización y resultados electorales sorprendentes (lista del Pueblo) fuera de nuestro espacio y perspectiva, nos hablan del lugar en donde estábamos y que sucede más allá de nosotros.

 

Una característica distinta del trabajo de masas es que a diferencia del electoral que puede tensar a la organización en campañas acotadas, se debe realizar en el largo plazo, a partir de la presencia, permanencia, identidad y representación. No son los trabajadores y las trabajadoras los que deben entendernos o acercarse a nosotros y sumarse a nuestros candidatos por acto de fe autómata o votarán por nosotros por un volante dejado en su casa o repartido en una plaza. Somos nosotros los que debemos hacer el trabajo de masas, sindical y electoral a la vez y eso nunca se hace en el corto plazo, o de forma circunstancial, sin un trabajo sostenido. Es una tarea ajena a la liquides y rentabilidad inmediata, tan propia de este tiempo electoral que vivimos.

 

Los cambios que se hagan en el partido emergerán inevitablemente de ese nuevo ethos partidario, pero si esa nueva construcción se afirma solo en la negación del antiguo se construirá un nuevo marco distinto al fenómeno que somos, cambiando su esencia y con ello lo que hemos sido: un extraño y muy único partido comunista en este mundo, con una habilidad muy inusual para pesar y en ocasiones dirigir el curso de los acontecimientos.

 

No habrá paraíso (¿lo habrá?) sin feminismo, pero tampoco lo habrá sin los trabajadores y los sectores populares. Un proyecto de transformación social con lleva esos elementos al menos para constituirse con posibilidades de éxito. El Ethos en el sentido más amplio e histórico del partido, aun a pesar de todos los cambios sociales, culturales, la emergencia de nuevos temas radica allí, pues allí radica la explotación de clase en todas sus formas y variantes. Sin nuestra presencia significativa y trabajo permanente sobre esas realidades el problema es de fondo, no de forma. Por eso es necesaria e imprescindible una síntesis de lo nuevo y lo viejo.

 

Los méritos de las generaciones anteriores son propios de su tiempo y nunca menores que los actuales y viceversa. El encadenamiento de ellos es lo que nos debe potenciar, no el conflicto planteado como un elemento de naturaleza generacional sin una perspectiva ideológica y política. No se trata de detener los cambios sino como hacerlos. La pregunta después de todo sigue siendo: ¿Qué hacer?

 

Y no hay respuestas escritas para ello. Es un desafío no de unos sino de todos y todas con todos y todas. Nuestras vertientes, todas las más nuevas y las más antiguas, deben confluir y dejar confluir, nada se debe estancar: Debemos ser capaces que nuestros torrentes nos multipliquen y refresquen en un caudal más poderoso.

 

Con mil defectos este partido ha avanzado de forma significativa. Está presente y pesa de forma gravitante en la vida política de nuestro país y lo hemos hecho con la suma de todos y todas. Hoy a diferencia de años atrás, de ese esfuerzo Quijotezco de ir solos en contra de todo, está en construcción un proyecto de país, es decir un derrotero político e histórico posible y alcanzable, y por supuesto, en disputa, que le da contenido de futuro a nuestros desafíos y nos plantea necesidades de ajustarnos a esa nueva realidad a la que hemos contribuido.

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