Los Ethos Partidarios, las generaciones y su conformación
En la historia de los cambios de
liderazgos y estilo de ello dentro de las organizaciones políticas, las
transformaciones en la conformación de los grupos humanos que conforman esos
colectivos han sido decisivos para que emergieran nuevos líderes, con otros
énfasis, concepciones, objetivos y prácticas.
Ningún periodo de los diferentes
periodos de los comunistas aquí (Chile) o en otra parte del mundo, se explica
sin ese cambio de grupos humanos que lo constituyen o constituyeron.
El periodo bolchevique (leninista
en su más pura expresión practica) se explica por quienes formaban el partido hasta
el periodo inmediato al triunfo de 1917. Aquello que se llamó la vieja guardia.
A ella le correspondía una conformación, una historia y los desafíos que
cuajaron en la forma de ser que constituía el todo y en su grado más alto en
cómo se dirigía el partido: una dirección colegiada por personas como Lenin, Zinoviev,
Kamenev, Radek, Stalin, Sverdlov principalmente. Capaces de tener diferencias muy
profundas y abiertas y ser capaces de discutir y acordar y determinar el curso
de la acción.
A ese grupo se unió en la
primavera de 1917 Troski que pese a ser menchevique hasta entonces, se sumó a
las ideas de Lenin y su aporte fue tan vital como para ser el fundador del
Ejército Rojo, a lo menos la tarea que hizo desde la nada sobrevivir a la
revolución a la guerra civil y la intervención extranjera de más de una decena
de países.
Muchos olvidan que Lenin casi
siempre estuvo al inicio de muchos temas relevantes en minoría y fue en la
discusión que ganó el debate y al partido para sus posiciones. Pocos recuerdan
que el partido no veía la posibilidad de tomar el poder hasta bien entrado el año
17 o de la necesidad de una paz onerosa para la Rusia Soviética en términos
históricos y territoriales con Alemania en 1918, o el giro económico hacia
formas capitalistas con la Nueva Política Económica en 1921 (una herejía para
mucho de sus compañeros)
Nunca se impuso por el peso de su
autoridad como líder indiscutible pero no formal e hizo de la discusión
política, muchas veces muy dura pero jamás sin dejar de ser fraterna, la forma
de discernir y decidir colectivamente. No fue Secretario General. El cargo fue
creado para dirigir las tareas administrativas del partido en pleno crecimiento
cuando su organizador natural: Jacob Sverdlov murió. Entonces fue designado
Stalin para una tarea que sus demás compañeros desdeñaron.
Una vez en el poder, con la
revolución triunfante, el relativo pequeño grupo de bolcheviques para el tamaño
de Rusia (varias decenas de miles), creció vertiginosamente. Las tareas de
dirigir la conformación del nuevo estado hicieron crecer a ritmos de centenares
de miles de nuevos militantes por años. Muchos cumplieron tareas en la guerra
civil o en la construcción del nuevo estado.
Esto trajo la creación de una
nueva burocracia estatal que sustituyo a la vieja casta zarista, construyo
nuevas capas de funcionarios que cambiaron el ethos del antiguo partido. La
avalancha de nuevos militantes conformó un nuevo grupo humano con otras
formaciones, orígenes, liderazgos y visiones. No solo fue la muerte de Lenin
que aceleró ese proceso de cambio de funcionamiento y cultura bolchevique si no
la propia nueva conformación humana del partido.
Sin ese cambio y pese a todas sus
habilidades buenas y malas Stalin no hubiese podido construir su dominio sobre
todo el partido y la sociedad soviética. La nueva camada de militantes
incrustados en las tareas administrativas del estado, en donde lo partidario y
lo administrativo difícilmente se podían distinguir crearon un comunista culturalmente
distinto a los viejos bolcheviques. La obediencia y subordinación como parte de
la cultura por un lado de gobierno y por otro lado partidaria, más aún en un
estado conformado sobre los restos del viejo estado zarista de tradición
autoritaria, redujeron la discusión y el debate a la nada comparativamente con
el periodo anterior.
Sin ese cambio de ethos el
liderazgo de Stalin y sus formas no hubiesen tenido la base social y cultural
que lo sustentase. Su conflicto con la vieja guardia bolchevique, apegada a su
tradición original de como concebir el partido choco con ella y se tradujo en
su erradicación prácticamente total.
Aquí habrá que quienes digan que
sin ese giro la Unión Soviética no habría sobrevivido a la invasión fascista de
1941. Esa disyuntiva nunca la sabremos porque la historia es como sucedió y
efectivamente a Stalin y los dirigentes de entonces le correspondió enfrentar
ese desafió, pero una cosa es cierta el antiguo modo de dirección hizo la
revolución, fundó al estado, al ejército rojo, sobrevivió a perder el control por
momentos en 1918-19 cuatro quintos del territorio, e hizo sobrevivir a un país literalmente
demolido por los efectos de la primera guerra mundial, la guerra civil y los
efectos de las primeras medidas económicas de los soviet en el campo.
No existía ni entonces ni ahora un
manual de lo que debía hacerse y sin la cuota imprescindible de herejía propia
de los audaces, aquello pudo nunca haber pasado, si hubiesen leído como dogma
inviolable de que el socialismo llegaría primero a los países capitalistas más
avanzados. De ese modo mecánico, nada habría ocurrido. Ninguna revolución
triunfante se ha apegado a un manual. Todas han construido a partir de
realidades propias, su camino, su forma de liderazgos y tareas principales y la
forma de emprenderlas, pero todas en su fase más intensa y decisiva de
desarrollo necesitaron el abrumador apoyo social para sostenerse.
El ethos soviético, re florecido
de pujanza y confianza patriótica y socialista una vez sobrevivido al fascismo
tuvo la gigantesca responsabilidad de enmendar el rumbo de Stalin, tras su
muerte, sin romper con su pasado. Pocos podrían aventurar que Nikita Krushev,
quizás un personaje no llamativo en la escena soviética, al lado de Molotov, Mikoyan,
Beria o Zhukov, encabezará ese proceso, más aún cuando el pertenecía a la
esencia de la dirigencia que desde el final de los años treinta formaba parte
del núcleo dirigente de ese país, y le correspondía sin duda responsabilidad en
todo lo ocurrido y sin embargo se hizo el proceso de cambio sin violencia ni
fracturar al partido y al país.
Quedará siempre en la duda si el proceso de critica al culto a la personalidad, a la sustitución de la dirección colectiva por el personal y la violencia y crimen para resolver la necesidad de establecer un derrotero unico y cental valió la pena de negar todo la contribución de Stalin en el desarrollo de la industrialización, la conducción estratégica y operativa de la guerra. Si la negación de la negación es uno de los elementos de la dialictica, la negación absoluta de ese dirigente, se hizo sin asumir las responsabilidades colectivas de las mismas personas que encabezaron la destalinización y reducir a lo personal un fenomeno que era mayor en su complejidad
Fue una tarea muy difícil cuando
todo el estado está bajo jurisdicción y control político del partido y su
núcleo dirigente.
¿Cuándo este
se equivoca, quien lo corrige o enmienda? ¿Es la biología la que hace su trabajo de cuadros o es el debate sobre
una política correcta y un funcionamiento colectivo el que lo resuelve?
Las fronteras del control político
y la gestión administrativa son difusas y los sucesivos esfuerzos a lo largo de
toda la experiencia socialista, los hubo, nunca las pudieron separar. Todas las
iniciativas de reforma económica impulsadas principalmente por Andrei Kosiguin,
que desde los años sesenta de propusieron para dar más autonomía a las
empresas, reducir el control centralizado y directo de los órganos centrales de
planificación, abastecimiento y los centenares de comités partidarios y
ministeriales por ramas de la economía en los que se duplicaba la maquinaria
burocrática y entorpecían la gestión de cientos de miles de empresas no se
pusieron en práctica, por la propia resistencia de esa capa enquistada en la
maquinaria del estado que controlaba la sociedad no solo en lo económicos y el
enorme ritmo de crecimiento que tuvo la URSS entre los años 50 y 60 fue
disminuyendo significativamente en la década del 70 generando condiciones de
estancamiento y de aumento con ello de la brecha con la principal economía de
occidente: Estados Unidos.
Eso planteaba problemas de
necesidad de reformas urgentes para dinamizar su economía (Lenin: la política
es la expresión concentrada de la economía), de evitar perder la posición que
se había alcanzado en los primeros setenta años, con dos guerras desbastadoras
en su territorio por medio. La competencia con occidente no solo de crecimiento
económica, sino científica y técnica y por supuesto militar. El peso de la
carrera armamentista para la Unión Soviética más limitada de recursos fue
orando la fortaleza construida en todos esos años.
En ese contexto y fallecidos dos
casi octogenarios secretarios generales Breznhev y Cherneko y enfermedad
repentina del padre de la voluntad de emprender las reformas económicas, Yuri
Andropov en tres años seguidos se da el proceso de renovación que se conoció
como perestroika.
Gorvachov y la gran mayoría de los
ascendieron a la cúspide del poder soviético, eran una generación de post
guerra, que hicieron carrera al mando de los Oblast (provincias)o sectores de
la industria, muchos de ellos con títulos universitarios. Se formaron como
funcionarios de por vida en el partido, cuando este ya constituía una casta
conocida como “aparatachiks”. Conformaban al menos la tercera o cuarta camada
de cargos dirigentes formados en la burocracia soviética que se había
reproducido en el estado, que disfrutaba de condiciones de vida ajenas a la de
la mayoría de la población, que a su vez deseaba cambios sin renunciar a su
devenir socialista. Si alguien duda de esa afirmación puede mirar los
resultados del plebiscito de marzo de 1991 sobre la continuidad de la Unión que
ningún dirigente respeto.
En esa posición no estaban en
condiciones de ser la fuerza revolucionaria que renovase al socialismo y tenían
por añadidura un factor que acentuaba su incapacidad política: habían sido
formados en una burocracia ya construida antes que ellos y por tanto
reproducida y ampliada en todas sus deformaciones. Los burócratas por lo
general son buenos en obedecer y adolecen de la capacidad de decidir pues
siempre debieron obedecer las decisiones de otros. En ello iba su sobrevivencia
en los cargos y cuando los burócratas llegan al poder como sucedió con
Gorbachov, sin saber a quién o qué obedecer, el daño fue peor.
A diferencia del proceso de
cambios ocurridos antes en la Unión Soviética, los dirigentes del PCUS
desataron el colapso de esa sociedad y carecieron de la capacidad para
entenderlo e impedirlo y no pocos de esos dirigentes lo hicieron de forma
consciente para asegurarse un lugar en el reparto de riquezas en la
jibarización económica, territorial y étnica de la antigua URRS y su reducción
de superpotencia a un estado paria para placer de sus históricos enemigos: el
occidente capitalista victorioso.
Ya en 1921 un menchevique emigrado Dormid (si no me equivoco), escribió de manera previsora que los cambios de configuración de los grupos humanos que comenzaban por entonces a transformar la conformación del partido bolchevique terminarían por cambiar su forma de observar y resolver las cosas, pues cada uno tendría sus propias visiones y podían ser muy divergentes de las originales en cuanto a propósitos y hasta contradictorios entre ellos.
Años después en 1946 un funcionario de la embajada norteamericana en
Moscú: George Kennan escribió un largo informe en que proponía buscar todas las
formas para incidir en el modo de pensar de las futuras camadas de dirigentes
soviéticos, de modo que su definición ideológica mutase y terminase alterando lo
que, según él, constituía el factor de unidad de ese país multicultural: el
partido comunista y su ideología socialista apegada a una definición histórica
contraria al capitalismo. Previó qué si esa unidad ideológica se rompía, el
sistema podría explosionar desde adentro en un abrir y cerrar de ojos.
Lenin decía que cuando tu enemigo te aplaude, algo estás haciendo mal. Ellos olvidaron hasta eso. El secretario ideológico del partido comunista soviético Alexander Yakolev a fines de los ochenta, quien, en la década del cincuenta, estudio becado por intercambio en la Universidad de Columbia en Estados Unidos, llegó hasta proponer la definición de un pensamiento único en el confluyeran los dos bloques antagónicos.
La vieja
tarea de desarmar ideológicamente al PCUS estaba hecha, lo demás era cosa de
meses, días y horas.
Ethos II
Hace unos años, en la revista cultural
cubana Jiribilla se publicó un artículo sobre las circunstancias en que se dio
la sobrevivencia del proyecto revolucionario cubano y mucho de lo allí
expuesto, nos puede servir de referencia para lo que hemos vivido:
Con la debacle del socialismo soviético, hubo
también una debacle en términos ideológicos. Si bien antes se había logrado que
el anhelo colectivo se proyectara hacia una utopía que se veía como destino
obligado del desarrollo social, la derrota del socialismo soviético destrozó ese
determinismo y puso en crisis a nivel social el anhelo colectivo. Derrumbó la
certeza en el futuro de victoria colectiva como un camino positivista que, aun
con retrocesos, era ineludible. Preguntas existenciales que se creían
contestadas, fueron traídas de vuelta sin certeza alguna. Frente a la
incertidumbre, los instintos primarios de la gens vuelven a florecer. La
batalla de la vida se vuelve a plantear para muchos en términos exclusivos de
“yo y mi familia”, y para que esa reconstrucción tenga éxito, necesita
apolitizarse y negar cualquier construcción colectiva más abarcadora.
La debacle soviética trajo un shock psicológico
también a las fuerzas ideológicas de la Revolución. La reacción de
supervivencia fue sin discusión exitosa, pero se construyó en lo inmediato,
sobre la base de apelar a la mochila cultural e histórica creada por la
Revolución y las tradiciones patrióticas que con esmero el país había
cultivado. No nos engañemos, ha sido una epopeya extraordinaria. Frente a la
realidad objetiva de que no era en el plano de la economía donde
demostraríamos, en lo inmediato, la superioridad de la sociedad cubana sobre
sus contrapartes, ese discurso de la superioridad se construyó sobre la
prevalencia de la Revolución en el plano superestructural.
Pero la resistencia construida solo sobre la base de
la herencia tiene una capacidad temporalmente limitada: necesariamente se va
desgastando. Las revoluciones necesitan construir utopías sobre las cuales
proyectar los anhelos colectivos, si no se vuelven numantinas. Más aún, si en
la práctica económica no logran todavía levantar vuelo.
Se subestimó inicialmente el poder cultural de la
contraofensiva capitalista, a lo que se suman los errores propios de la
práctica real y cotidiana del poder en una situación extrema de asedio, y de
ausencias teóricas frente a una realidad nacional e internacional inédita.
Frente al shock inicial, el refugio no solo ha sido lo histórico, sino, de
manera menos justificada, localismos y construcciones ideológicas donde se
mezclan con confusión ideas del marxismo clásico con escuelas de lo posmoderno,
la nueva antropología cultural con sus desconstrucciones poscoloniales, rescate
de cosmovisiones religiosas y toda una pléyade de ideas variopintas.
Este escenario fue y es probablemente ineludible, no
es culpa de nadie, habida cuenta de la necesidad de construir un nuevo marco
ideológico, con sustento filosófico transformador, que reivindique la idea de
la necesidad de superar el orden capitalista de las cosas. Con independencia de
cuál sea ese marco ideológico, lo que sí está claro es que no se construye
alternativa alguna al capitalismo si primero no logramos proyectarlo al plano
cultural, incluido lo artístico.
En nuestro caso, al igual que Cuba,
en la década del 90, derrotado nuestro proyecto político interno, de una salida
más profunda, que superara el marco constitucional, económico y político
construido por la dictadura. Sobrevivimos como partido apelando a nuestro rol
en la lucha en contra la dictadura y a la profunda discordia con la nueva
democracia limitada al marco de lo posible, resguardada por poderes facticos
protagonizados, para mayor evidencia, por el mismo dictador que nos gobernó y
ante el cual, junto a sectores de nuestro pueblo, nos rebelamos en busca de una
política más radical, que aportara a una sociedad construida bajo las premisas
de verdad y justicia.
No es baladí que el XV Congreso del
Partido, en 1989, fuese el que confirmase a la Rebelión Popular de Masas como
eje de nuestra Política, trajese un cambio significativo en la Dirección
partidaria, justo cuando en Chile, agotado y ansioso de lograr una salida que
permitiera superar a la dictadura, se impusiera la salida pactada entre
militares, la derecha económica y política, el gobierno norteamericano y sus
aliados internacionales con los sectores agrupados en la Concertación por la
Democracia.
El impacto de la caída del Socialismo
en Europa y aquello que constituía la quinta esencia de nuestras certezas, la
Unión Soviética, vivido junto a la
dificultad de aceptar una salida pactada
a la dictadura, e incluso apoyarla en términos electorales, como muestra de
realismo político, no lo hubiésemos podido enfrentar, si como en Cuba no
hubiésemos apelado a nuestra lucha frontal en contra a la dictadura, como
elemento esencial de nuestra identidad partidaria en el contexto político
chileno, Tampoco si esa continuación por combatir frontal, para erradicar los
vestigios evidentes de una dictadura latente, no se hubiesen volcado a la lucha
por la reivindicación de los derechos humanos, persiguiendo junto a las
organizaciones continuadoras de ese campo, el juicio y castigo a los
represores, en contra de todo lo pactado por los nuevos gobernantes, para
alcanzar la gobernabilidad de ese Chile post dictadura, con un Pinochet omnipotente
y vergonzosamente intocable.
Fue aquella persistencia en nuestra
identidad y valores, para algunos de nuestros ex aliados, por entonces, muestra
de una desintonización histórica, lo que nos dio los elementos para no sufrir
los daños que sufrieron los otros partidos comunistas del mundo occidental y
también oriental, que prácticamente fueron barridos como fuerzas relevantes de
sus países, como sucedió en los casos de
Italia, España y Francia, que no sabiendo cómo hacer prevalecer la
necesidad de seguir siendo comunistas, por una perspectiva histórica de mucho
más largo plazo, sucumbieron a la derrota ideológica, cultural y política que
sufrimos como comunistas a escala global.
Es difícil pensar que hubiese sido de nuestro partido sin un liderazgo tan fuerte como el de Gladys Marín. Alguien alguna vez dijo que existían ministros para tiempos de paz y ministros para tiempos de guerras. ella fue con todas sus características la persona precisa para ese momento.
Su certeza
en mantener las banderas de este partido sometido a pruebas tan duras sobre su
existencia debe entenderse en ese contexto histórico
Todo aquello constituyo un Ethos
partidario propio de ese tiempo de difíciles pruebas. Fue con un gran grupo
humano apegado a un estoicismo militante digno de reseñar, que le permitió al
Partido sobrevivir en condiciones de un gran aislamiento, de un brutal ninguneo
como le llamo Volodia, de escases de medios y recursos, a perdida de una gran
cantidad de antiguos militantes y a la falta de un derrotero efectivo de
transformación social en un mundo en donde la perspectiva de vencer al orden
neoliberal parecía un esfuerzo quijotesco.
Ser comunista entonces implico un
convencimiento ideológico y político tan profundo como aquel que sostuvo al
partido en clandestinidad y es un hecho que ese nuevo ethos fue construido
desde ese entonces. Contra viento y marea y es una contribución histórica
estratégica a nuestra sobrevivencia.
Un hecho histórico vino a cambiar
la realidad nuestra para siempre, el estallido social del 2019. Todas las
contradicciones acumuladas en una sociedad abusada por un orden neoliberal se
expusieron en toda su profundidad y violencia. El momento revolucionario
sacudió las bases de la institucionalidad que protege ese orden económico,
político y social y trajo a nuestro país a una perspectiva de cambios que hoy
se expresan en la Convención Constituyente.
Nota: No es la única
vez que una revolución estalla sin que los comunistas la hayan visto venir. En
1917 en enero de ese año en carta a estudiantes emigrados de Rusia en Zurich,
Lenin atestiguaba que no sería su generación la que vería emerger una
revolución de carácter socialista y que aquello sería obra de esa juventud a la
que él se dirigía. Un mes después el Zar caía en medio de una sorpresiva
revolución popular en San Petersburgo.
Todo lo que hizo a posterior de eso Vladimir Ilich fue poner en sintonía
a su partido con los hechos y ser capaz de conducirlos y lo hizo.
Hoy vivimos en la emergencia de un
ethos etario que ha ido transformando al partido, el sector más joven que ha
ido ocupando responsabilidades a diversos niveles. Siendo electos para cargos
de representación popular y con una capacidad de liderazgo que va más allá del
partido mismo y abriendo temas que se han incorporado a definiciones partidaria
tanto internas como externas.
¿Ese nuevo ethos es dañino y
debilita al partido?
No, pertenece a este tiempo.
Surgió del Chile post dictadura que emergió a la vida política en el movimiento
de los Pingüinos, de la movilización estudiantil impresionante del 2011 y 2012.
Todos esos episodios sin los cuales no puede explicarse el país actual y sus
retos y posibilidades. Ampliaron el límite de lo posible hasta lo impensado que
hoy vivimos y fueron junto a los levantamientos de Freirina, Aysen y Magallanes
el aviso de lo que sucedería a escala nacional el año 2019 en el estallido
social. La realidad puedo más que la teoría una vez más.
Al viejo movimiento de masas y
sindical que fue destruido por la dictadura y que nunca se ha podido sobreponer
en esa dimensión y alcance. Lo sustituyo, por necesidad histórica de expresión
de las contradicciones sociales de nuestra sociedad, un movimiento de masas
distinto, emergido de un sector social y etario que no poseía las cadenas de la
obligación laboral en un marco de condiciones de trabajo simplemente abusivo y
amenazador para los trabajadores y su estabilidad económica, precaria pero
necesaria, sin atisbos de cambios y endeudado de por vida para sostener a sus
familias y cubrir sus necesidades. Fue como en 1917 es eslabón más débil del
sistema, esta vez el estudiantil, el que rompió la cadena de dominación y eso,
en nuestro caso, es un mérito histórico de proporciones bíblicas.
La condición establecida por
Salvador Allende de que ser joven y no ser revolucionario se hizo palpable en
una masividad nunca antes vista después de la democracia hasta entonces. Sin
embargo, ese movimiento se apozo y reprodujo de mejor manera en los sectores
medios. No tuvo capacidad movilizadora en los sectores más populares de menores
ingresos y precarias condiciones de vida, hasta antes del estallido social de
2019 y desde entonces se creó una bifurcación entre lo nuevo y lo viejo en
organización política que hasta hoy no puede superarse significativamente.
No se puede construir una
alternativa popular sin construir un ethos popular de transformación que vaya
más allá de los sectores medios. Para ello las formas electorales no bastan,
pues puede y debe haber Partido más allá de lo electoral. No hay contradicción
ni exclusión en ello. El que haya surgido un movimiento social y territorial
con formas nuevas de gestión, contenidos más radicales y con capacidades de
movilización y resultados electorales sorprendentes (lista del Pueblo) fuera de
nuestro espacio y perspectiva, nos hablan del lugar en donde estábamos y que
sucede más allá de nosotros.
Una característica distinta del
trabajo de masas es que a diferencia del electoral que puede tensar a la
organización en campañas acotadas, se debe realizar en el largo plazo, a partir
de la presencia, permanencia, identidad y representación. No son los
trabajadores y las trabajadoras los que deben entendernos o acercarse a
nosotros y sumarse a nuestros candidatos por acto de fe autómata o votarán por
nosotros por un volante dejado en su casa o repartido en una plaza. Somos
nosotros los que debemos hacer el trabajo de masas, sindical y electoral a la
vez y eso nunca se hace en el corto plazo, o de forma circunstancial, sin un
trabajo sostenido. Es una tarea ajena a la liquides y rentabilidad inmediata,
tan propia de este tiempo electoral que vivimos.
Los cambios que se hagan en el
partido emergerán inevitablemente de ese nuevo ethos partidario, pero si esa
nueva construcción se afirma solo en la negación del antiguo se construirá un
nuevo marco distinto al fenómeno que somos, cambiando su esencia y con ello lo
que hemos sido: un extraño y muy único partido comunista en este mundo, con una
habilidad muy inusual para pesar y en ocasiones dirigir el curso de los
acontecimientos.
No habrá paraíso (¿lo habrá?) sin
feminismo, pero tampoco lo habrá sin los trabajadores y los sectores populares.
Un proyecto de transformación social con lleva esos elementos al menos para
constituirse con posibilidades de éxito. El Ethos en el sentido más amplio e histórico
del partido, aun a pesar de todos los cambios sociales, culturales, la
emergencia de nuevos temas radica allí, pues allí radica la explotación de
clase en todas sus formas y variantes. Sin nuestra presencia significativa y
trabajo permanente sobre esas realidades el problema es de fondo, no de forma.
Por eso es necesaria e imprescindible una síntesis de lo nuevo y lo viejo.
Los méritos de las generaciones
anteriores son propios de su tiempo y nunca menores que los actuales y
viceversa. El encadenamiento de ellos es lo que nos debe potenciar, no el
conflicto planteado como un elemento de naturaleza generacional sin una perspectiva
ideológica y política. No se trata de detener los cambios sino como hacerlos.
La pregunta después de todo sigue siendo: ¿Qué hacer?
Y no hay respuestas escritas para
ello. Es un desafío no de unos sino de todos y todas con todos y todas.
Nuestras vertientes, todas las más nuevas y las más antiguas, deben confluir y
dejar confluir, nada se debe estancar: Debemos ser capaces que nuestros
torrentes nos multipliquen y refresquen en un caudal más poderoso.
Con mil defectos este partido ha
avanzado de forma significativa. Está presente y pesa de forma gravitante en la
vida política de nuestro país y lo hemos hecho con la suma de todos y todas.
Hoy a diferencia de años atrás, de ese esfuerzo Quijotezco de ir solos en
contra de todo, está en construcción un proyecto de país, es decir un derrotero
político e histórico posible y alcanzable, y por supuesto, en disputa, que le
da contenido de futuro a nuestros desafíos y nos plantea necesidades de
ajustarnos a esa nueva realidad a la que hemos contribuido.

